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Niveles de salud y enfermedad psicológicas en la Teoría de la Praxis

Video y texto: Marco Eduardo Murueta Reyes (UNAM Iztacala, AMAPSI)

Desde hace muchos años se ha hablado de los locos y de la locura para referirse a personas alteradas en sus facultades “mentales”, es decir, que no funcionaban o respondían como se esperaba de un ser humano “normal”. Hay discusión sobre la etimología de la palabra loco como proveniente de “locus”, lugar, o de “loqui”, hablar. También la palabra “loco” se ha asociado con “estupidez” y “demencia”. Como sabemos, durante la Edad Media, los locos fueron considerados como “endemoniados” y fueron sometidos a exorcismos, torturas y hasta quemados vivos. Con El Renacimiento, se creó la “Nave de los locos”, que navegaba sobre el Rhin y otros ríos europeos (Foucault, 1961/2016), donde se les aislaba de la comunidad como después se hizo en manicomios (internados para locos), que en el Siglo XIX derivaron en los “hospitales psiquiátricos” con la intención de someterlos a tratamientos médicos que no dejaron de ser torturas: camisas de fuerza, confinamiento, baños de agua helada, giratorios y choques eléctricos. Estos últimos todavía se usan en el Siglo XXI, en conjugación con fármacos ansiolíticos, estabilizadores, antidepresivos y antipsicóticos, así como algunas técnicas psicoterapéuticas como la “terapia ocupacional”, prácticas deportivas y ejercicios corporales, la “terapia artística”, la psicoterapia grupal y la terapia familiar.

A fines del Siglo XIX, los psiquiatras asignaron a la locura el nombre técnico de “psicosis”, distinguiéndola de otras afecciones mentales a las que llamaron “neurosis”, en particular, para referirse a los casos de histeria (Freud y Breuer, 1895/2002). Durante mucho tiempo se ha creído que la psicosis tiene como etiología una alteración neurológica, mientras que en la neurosis Freud encontró una etiología propiamente psicológica o psíquica a partir de las experiencias de vida, sobre todo de los primeros años de vida.

Literalmente, psicosis significa “alteración de la mente o del alma” y neurosis “alteración de los nervios”. A la psicosis se le considera como enfermedad mental grave que se caracteriza por una alteración global de la personalidad acompañada de un trastorno grave del sentido de la realidad; mientras que a la neurosis se le concibe como un padecimiento de un nivel menor, en el que la persona está afectada en su estabilidad emocional pero mantiene esencialmente “el sentido de la realidad”.

La psiquiatría evolucionó clasificando diferentes tipos de psicosis: esquizofrenia, paranoia, depresión, manía, transtorno obsesivo-compulsivo, y otros, que luego fueron aplicados a las neurosis de manera atenuada. Así, se habla de neurosis paranoide, esquizoide, obsesiva, depresiva, etc. O también se habló de hipomanía para referirse a un síndrome similar a la manía pero de menor intensidad, o de distimia como una depresión leve. En algunos casos se ha utilizado la palabra “mayor” para referirse a la depresión extrema.

La psiquiatría, con su enfoque médico, se concentró en las alteraciones o enfermedades como una alteración de lo normal. Desde esa perspectiva, lo normal está bien y no requiere atención profesional, como sí lo requieren las enfermedades o anormalidades “mentales”. A principios del Siglo XX, las enfermedades del sistema nervioso y, posteriormente, las enfermedades mentales se integraron como un capítulo de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE, 2010) de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1952, los psiquiatras estadounidenses publicaron el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Transtornos Mentales (conocido como DSM por su abreviatura en inglés). Desde (Freud y Breuer, 1895/2002) la psicoterapia se separó de la psiquiatría, mediante técnicas que no implicaban el uso de fármacos, tales como la hipnosis, la catarsis o abreacción, la asociación libre y muchas otras técnicas

Si la palabra “loco” se derivó del latin “locus” (lugar), podría referir a la persona de un lugar, aquella que no cambia de lugar, que está anclada. Si provino de “loqui” (hablar), es posible que haya sido por la tendencia a “hablar mucho” o a “hablar solo”, sin necesidad de ser escuchado y de dialogar con otra persona; alguien que habla pero que no atiende lo que otros le dicen. Esos fenómenos se relacionaban con una disminución o limitación de las capacidades intelectuales ocasionada por algún daño o mal funcionamiento del cerebro (demencia).

A través de Piaget (1978), sabemos que la forma de razonar de los niños de 2 a 4 años se caracteriza por el sincretismo basado en la lógica transductiva, que va de lo particular a lo particular sin pasar por lo general, a diferencia de la lógica deductiva (de lo general a lo particular) y de la lógica inductiva (de lo particular a lo general). Los niños de esas edades se centran en algunas dimensiones perceptuales sin considerar otras, por lo que incurren en animismo (atribuirle vida a cosas no vivas), antropomorfismo (tratar como humanos a otros animales o cosas), artificialismo (asumir que todo fue creado por alguien con alguna intención, incluyendo el cielo, las montañas, etc.), y fabulación o tendencia a hacer narrativas disparadas por una palabra o aspecto, sin considerar el contexto y el hilo discursivo de los mismos. En ese período, los niños hablan solos, se hablan a sí mismos como si fueran otra persona, confunden lo real con lo imaginario, así como el manejo del pasado y el futuro e imaginan posibilidades que a algunos adultos parecen absurdas, como lo ilustra “El Principito” de Saint-Exúpery. Por eso Serrat se refirió a los niños como “esos locos bajitos”. Y todos recordamos con ternura y nostalgia las nociones del mundo que tuvimos en los primeros recuerdos y reflexiones infantiles.

La forma de razonar de los niños pequeños se parece mucho a la de los locos, por eso la locura también ha sido confundida con la demencia, como una perturbación de las capacidades intelectuales. No obstante, muchos psicóticos demuestran tener una buena inteligencia, a veces mayor que la de otras personas consideradas “normales”. Todo mundo sabe que los niños madurarán y tendrán mayor coherencia y congruencia a través del tiempo, la crianza y la educación. Mientras que cuando a un niño o a un adulto se le considera “perturbado” en sus “facultades mentales” no se espera una evolución positiva, sino lo contrario.

En efecto, los conceptos que se han usado y se siguen usando para el diagnóstico de una “enfermedad mental” son los de “normal” y “anormal”. Si una persona actúa como lo hacen el promedio de las personas de su edad, sexo y cultura se le considera “normal” (de acuerdo a la norma); y si no, “anormal” (fuera de la norma). Por ello, muchos innovadores en diferentes aspectos de la vida social han sido y siguen siendo vistos como “locos”, con el riesgo de ser estigmatizados, rechazados, confinados o sometidos a tratamientos psiquiátricos. Es el caso absurdo de pretender “curar” a los homosexuales para volverlos heterosexuales (normales), a pesar de que desde 1974, en la séptima impresión del DSM II, los psiquiatras dejaron de considerar a la homosexualidad entre las “enfermedades mentales”.

Desde fines del Siglo XIX, durante buena parte del Siglo XX y hasta el Siglo XXI, con los conceptos de “normalidad” y “anormalidad” se estigmatizó indebidamente a muchas personas que no cuadraban con lo establecido. Por eso, desde 1960 se inició el movimiento de la antipsiquiatría, encabezado en Inglaterra por Ronald Laing y David Cooper y por Franco Basaglia en Italia, quienes coincidieron con Thomas Szasz (Hungría) en cuestionar el mismo concepto de “enfermedad mental” como un elemento manipulador que los poderosos conservadores usaban contra quienes no les convenían en la familia, en la escuela, en las instituciones y en las comunidades. A partir de este movimiento mundial, hay quienes proponen que debe desaparecer el concepto de “enfermedad mental” pues solamente se ha referido a “diferentes formas de vivir o pensar”, tan válidas y respetables como las consideradas “normales”. En este punto de vista humanista es inválido e innecesario hablar de enfermedades mentales o psicológicas y, por tanto, de “cura” o de intervención terapéutica, limitando el papel del psicólogo a “acompañar” o “facilitar” las reflexiones y la evolución de quienes así lo soliciten: terapia “no directiva” o “terapia centrada en el cliente”, en la cual se evita que el psicólogo pretenda “imponer” o que asuma criterios diagnósticos de un padecimiento o para dar de alta a un “cliente”, que no surjan de él mismo.

No obstante el movimiento antipsiquiátrico, el DSM continuó siendo la referencia principal para diagnosticar y para comprender muchas problemáticas psicológicas. En mayo de 2013 se publicó el DSM V motivando el reavivamiento de las críticas en su contra pero sin que hubiera conceptos alternativos. Fue en ese año que psicólogos de varios países, integrantes de la Asociación Latinoamericana para la Formación y la Enseñanza de la Psicología, iniciamos un debate al respecto y acordamos construir un Manual Latinoamericano de Salud y Enfermedad Psicológicas// , alternativo al DSM psiquiátrico, planteando la sustitución del término “salud mental” por el de “salud psicológica”, a fin de tener un enfoque integral y no centrar la salud o enfermedad únicamente en el buen o mal funcionamiento del cerebro, ya que esto implica un enfoque médico-fisiológico-bioquímico que es parcial, al poner en segundo plano el papel que tiene la historia de vida personal, la familia, la comunidad, la cultura, el medio ambiente y las circunstancias específicas en la manera en que una persona o una colectividad actúan o reaccionan.

Adicionalmente, hablar de salud psicológica contribuye a priorizar el enfoque científico y profesional de la psicología, que es la disciplina que se ocupa de comprender los fenómenos del hacer humano y, por tanto, de sus afecciones o padecimientos. Ocuparse de la psicopatología corresponde esencialmente a la psicología, más que a la psiquiatría que la enfoca desde el punto de vista médico-fisiológico. No obstante, es previsible que en el futuro la psicología clínica se fusione con la psiquiatría para un enfoque más integral. Mientras eso ocurre, los psicólogos clínicos debieran trabajar en equipo con los psiquiatras para comprender, atender e intervenir ante algunos problemas psicopatológicos que así lo requieran. El Manual Latinoamericano de Salud y Enfermedad Psicológicasestá siendo construido colectivamente a través del sistema wiki en el sitio www.salud-psicologica.mx.

Perspectiva histórico-filosófica de la salud y enfermedad psicológicas

Si la salud psicológica no equivale a “lo normal”, entonces ¿qué significa estar psicológicamente sano? En la Teoría de la Praxis (Murueta, 2014; T. I) se propone un enfoque integral en el que los fenómenos psicológicos se conciben como una dimensión de lo real y no como algo separado. En esta Teoría se cuestionan los conceptos de “salud” y de “salud mental” de la Organización Mundial de la Salud (OMS) porque ésta los asocia con “un estado de bienestar completo”, lo que implicaría que el duelo por el fallecimiento de un familiar o el cansancio serían rasgos patológicos, cuando lo razonable es lo opuesto. Además dice que la “salud mental” implica que el individuo sea “consciente de sus propias capacidades” y que pueda “afrontar las tensiones normales de la vida”, sin especificar cuáles son esas “tensiones normales de la vida”, usando otra vez el concepto ambiguo de “normalidad”. Agrega que la persona mentalmente sana “puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad” (OMS, 2013), pero hay muchos adictos al trabajo que compensan soledades: La contribución a la comunidad tampoco es garantía de salud, pues puede ser que alguien lo haga de manera forzada o convenenciera, o que “considere como contribución a la comunidad lo que para muchos otros constituye realmente un abuso o una humillante caridad” (Op. Cit. P. 186). Si no se tiene un concepto adecuado de qué es la salud psicológica, tampoco puede tenerse de lo que es la enfermedad psicológica.

En términos coloquiales, lo sano es lo que “funciona bien”, pero ¿qué es funcionar bien? Sobre todo ¿qué es bien? ¿qué es lo bueno?

Para Sócrates (Platón, 1999), el bien está asociado a la justicia y ésta a la ley. Los legisladores son los expertos en determinar qué es lo mejor para la comunidad y para las personas, por lo que es bueno ajustarse a sus criterios. Con esa filosofía, Sócrates bebió la cicuta y murió condenado injustamente por un tribunal, bajo la acusación de pervertir a los jóvenes por dialogar con ellos interrogándolos sobre diversos conceptos clave. Estaba convencido que era mejor padecer una injusticia que ejercerla. Consideraba que una persona podía actuar erráticamente y padecer alteraciones en la medida de su ignorancia. La acción mala era producto de una mayor ignorancia. La acción buena surgía de la sabiduría y ésta del diálogo y la reflexión. La salud psicológica sería la cordura de actuar y expresarse con base en reflexiones y respetando la ley. La enfermedad psicológica sería el actuar impulsivo, sin fundamentos, en contra de lo razonable y en contra de la ley.

Platón (380 a. C. /2005) consideraba que el bien consistía en las formas perfectas o arquetipos implicados en los conceptos universales. Consideraba “bueno” el que un objeto o acción particular se acercara a la forma ideal correspondiente. Una mesa específica era mejor en la medida en que su forma, materiales y funcionamiento se asemejaban al arquetipo “mesa”. En consecuencia, un ser humano puede ser considerado como alterado en su funcionamiento si se aleja de lo que el ser humano ideal debiera ser. Este arquetipo, como todos, sería develado por la filosofía o sabiduría, de tal manera que lo patológico sería aquello que los sabios consideran fuera de lo esperado en el concepto esencial de ser humano.

En Aristóteles (349 a. C. /1994), el bien y lo bueno corresponde a la virtud: el punto medio entre lo excesivo y lo deficitario. La enfermedad y el mal serían lo excesivo o lo deficitario, es decir, lo que al rebasar cierta magnitud daña el funcionamiento de algo o lo que no tiene la magnitud mínima necesaria para que aquello de lo que es parte funcione. El bien y lo bueno, la virtud, corresponden a la cantidad óptima para que un ser siga siendo lo que es y contribuya a que todo (la comunidad, el ecosistema) continúe también funcionando, como una forma de garantizar su propia salud futura. Considera que la eudemonía o felicidad es lo que todo ser humano busca alcanzar a través de las virtudes (moderación, prudencia, valentía, etc.), por lo que sería algo inadecuado practicar lo no-virtuoso: la temeridad, la cobardía, la impulsividad, etc., ya que esto traería infelicidad o sufrimiento a las personas y a la polis. La eudemonía significa el estar en consonancia con el bien practicando las virtudes que, a su vez, promueven el mayor bienestar en cada caso y evitan el sufrimiento. Si una persona no es feliz, sufre porque no ha practicado las virtudes y ha caído en excesos o en déficits debido a una alteración del alma al carecer de una educación adecuada y/o estar sometido a condiciones que lo han perturbado.

Epicuro consideraba que la felicidad consistía en la satisfacción del deseo, lo que producía placer, y en la capacidad de ataraxia o imperturbabilidad por la comprensión de las causas naturales del acontecer. En este punto de vista, una persona sería más sana en la medida en que puede procurarse mayor placer corporal y emocional, de manera duradera a través de la vida, al tiempo que es capaz de sobreponerse a los eventos adversos comprendiendo sus causas, haciendo lo necesario para prevenirlos a satisfacción cuando es posible y aceptando sin alteración emocional lo que ya haya ocurrido o no haya forma de evitar.

Por parte del judaísmo, en el Antiguo Testamento (2009), el bien y lo bueno consiste en la sumisión y obediencia a Dios, especialmente a través de apegarse a los Diez Mandamientos. Pero es el propio Jehová quien se muestra furioso e intolerante con la desobediencia, aplicando castigos desmesurados y poniendo pruebas morbosas a sus creyentes, como la solicitud que hace a Abraham de que asesine a su primogénito tan sólo para demostrar la convicción de su fe. Las actitudes que en la Biblia se atribuyen a Jehová corresponden a elevados estados neuróticos y a rasgos psicóticos si un ser humano actuara de manera análoga.

En cambio, en el Nuevo Testamento, Jesús de Nazareth considera que el bien consiste en el “amar al prójimo como a sí mismo”, y que esto ya tiene implicado el “amor a Dios por sobre todas las cosas”. Amar al prójimo y amar a Dios es lo mismo, en cada persona está el todo. Los demás son parte esencial de cada quien. Al amar al prójimo se integra todo el universo, porque el sentimiento del otro es la expresión de la historia y de la naturaleza, completas. La compasión no se refiere a la “lástima”, sino a compartir o sentir la pasión, el padecer, la emoción del otro; sentirlo como parte de sí mismo. Por eso, después, San Agustín (426 d. C. / 1994) expresó “ama y haz lo que quieras”. Al amar, el propio deseo incorpora el sentir de los otros, de todos, y, por tanto, el deseo espontáneo de una persona surge naturalmente como deseo desde todos, desde la historia. El placer personal incorpora el placer de todos y, por tanto, la acción es pertinente y buena para todos. En este enfoque, el mal o enfermedad consiste en no tomar en cuenta a los demás, ser ajeno a ellos, actuar de manera ensimismada o egoísta; y así, perjudicarlos. Pero al perjudicar a otros, de manera intencional o no, la persona que lo hace se perjudica a sí misma porque el malestar de aquellos se volverá de manera inmediata contra el egoísta, como en la Tercera Ley de Newton en la física. Por tanto, la enfermedad psicológica consiste en la disminución de la capacidad y de la sensación amorosa.

En el Siglo XVII, Hobbes (1651/1984) –como después Freud (1923/1979)- consideró que la maldad y el egoísmo eran inherentes a los seres humanos, por lo que, para evitar la autodestrucción de la especie era necesario que una fuerza superior (El Estado) limitara sus tendencias perversas y los obligara a respetarse y a cooperar entre sí. En esta perspectiva, la salud psicológica consistiría en frenar las tendencias egoístas e insanas debido al temor de consecuencias negativas; mientras que la enfermedad psicológica ocurriría cuando una persona tuviera tan intensificados sus sentimientos negativos que no fuera capaz de dicha autolimitación y, por tanto, se expusiera a la represión del Estado, del padre, del maestro.

En ese mismo Siglo XVII, Baruch Spinoza publica su Ética demostrada según el orden geométrico (1677/1980), en la que por primera vez explica las emociones o afectos desde un punto de vista causal, de tal manera que una persona podría tener salud o enfermedad psicológica debido a causas naturales, incluyendo en éstas lo que algunos consideran por separado como “causas sociales”. El amor, el egoísmo, la virtud, la locura, serían producto de determinadas causas que si fueran modificadas también modificarían sus efectos emocionales.

Rousseau (1755/1990) plantea lo contrario de Hobbes, que los seres humanos son buenos por naturaleza y que ha sido el surgimiento de la propiedad privada lo que ha motivado la desigualdad entre los hombres, lo que, a su vez, ha provocado el egoísmo y, por tanto, la maldad. La forma de vida social es lo que ha provocado la descomposición en las personas, por lo que propone el retorno a la naturaleza. En efecto, la salud psicológica sería el vínculo armonioso del actuar humano con el entorno natural, deshaciéndose del apego a la propiedad privada; mientras que la enfermedad psicológica sería lo contrario.

En el mismo Siglo XVIII, Kant centró el bien en la razón, la capacidad de comprender el por qué y los límites de las cosas. El bien y lo bueno consiste en apegarse al Imperativo Categórico: actúa en cada ocasión como quisieras que todos actuaran en una situación similar (1788/1980). Considera que las personas que no se apegaban a dicho principio, era por falta de educación reflexiva, dejándose llevar por las inclinaciones (inmediatas). De acuerdo a esto, la salud psicológica consistiría en la capacidad de reflexionar y analizar las implicaciones mediatas de las acciones, y actuar en consecuencia guiándose por el deber.

A principios del Siglo XIX, Schopenhauer (1818/2005), en contraposición al racionalismo kantiano, concibió a la Voluntad desde un punto de vista natural, como energía generadora de todo. De manera similar a lo mencionado sobre Spinoza, el deseo, que concibe como voluntad humana, tiene causas naturales para bien o para mal y está vinculado a determinadas formas de representación del mundo. Para Schopenhauer la vida constituye un continuo de deseos, siempre en carencia de algo, deseando algo que no se tiene, por lo que hay un padecer inherente al vivir. Cuando se satisfacen los deseos viene el aburrimiento hasta que surge un nuevo deseo y así de manera sucesiva. La insatisfacción y la neurosis acompañarán por siempre a los animales y a los humanos, condenados a tratar continuamente de salir de ellas sin nunca lograrlo, como también lo consideró después Freud en El malestar en la cultura (1923/1979). En esta argumentación la salud psicológica no es posible más que como escape continuo del padecer emocional, de la neurosis; lo que se logra transitoriamente a través de la compasión o el amor a la naturaleza y a través de la autonegación del yo en el nirvana o fusión contemplativa con el todo natural.

Hegel (1807/2000) propuso el concepto de enajenación para referirse a la escisión entre acción y deseo que implica la relación entre amos y esclavos, entre dominantes y dominados. Quien manda está disociado de la acción que otro realiza; el que manda es consumidor relativamente pasivo de los productos de otro, que es la parte activa. La falta de actividad efectiva promueve el tedio y la falta de sentido de la vida, derivando en actitudes enfermizas. Por la otra parte, la persona que lleva a cabo las acciones efectivas no responde a sus propios deseos sino a los de otro; se despersonaliza y confunde su identidad porque tiende a sentirse el otro al que sirve, pero que no es él. A mayor enajenación más ensimismamiento y padecimientos emocionales. La superación de la enajenación la concibe Hegel a través de la fusión o integración del dominado y el dominador en cada persona, como síntesis de la historia humana, a lo que denomina Razón o Saber Absoluto, cuando todas las experiencias históricas son integradas en el sentir, el pensar y el hacer de cada quien. La salud psicológica consistiría en la aproximación a la Razón o Saber Absoluto, superando relativamente la enajenación. Al Saber Absoluto lo identifica con la dialéctica, integradora de manera continua e infinita de todos los contextos.

Marx (1844/1974) retoma el concepto de enajenación de Hegel para aplicarlo a la relación entre la burguesía (dueños de medios de producción) y el proletariado (vendedores de fuerza de trabajo) en el modo de producción capitalista. Pero en lugar de hablar de Razón o Saber Absoluto, Marx plantea el comunismo como integración entre el individuo y la comunidad, allí donde ya no habrá clases sociales al abolirse la propiedad privada de los medios de producción. Coincide con Rousseau en considerar a la propiedad privada como propiciadora de la descomposición humana. En el comunismo, cada persona se dedicará a la recreación cotidiana y el trabajo será como ahora es el juego, con lo que se producirán todos los satisfactores necesarios para una vida agradable de todos. De manera recreativa, las comunidades (todos) expresarán solidaridad y comprensión a cada persona. En este enfoque, la salud psicológica consiste también en superar relativamente la enajenación aproximándose a la manera de ser comunista: solidaria, afectiva, buscando el bien de la comunidad y valorando el aspecto recreativo y creador del trabajo.

Nietzsche (1885/1997) retoma el concepto de voluntad de Schopenhauer pero lo concibe como voluntad de poder. Toda la naturaleza tiene voluntad de poder, es decir, de realizar su necesidad. El calor tiene voluntad de subir y el frío de bajar dentro de la atmósfera terrestre; el río tiene la voluntad que le genera la gravedad terrestre para ir hacia el océano; el vapor de las nubes tiene la voluntad de poder condensarse y al hacerlo surge la voluntad de ser atraído por la gravedad y caer como lluvia. Así también el deseo humano es parte de la voluntad de poder que tiende a su realización. A diferencia de Schopenhauer, considera que la vida y la felicidad consisten en lograr lo que se desea, sobre todo venciendo resistencias u obstáculos. La salud psicológica crecería con la mayor capacidad de realizar deseos venciendo resistencias mayores. Nietzsche no se ocupa de las identidades colectivas, rechaza a las colectividades como borregadas. Critica al cristianismo (1887/1985) por favorecer la debilidad de los humanos y convoca a forjar una nueva especie, más allá de la mediocridad humana, a la que llama überman (ultrahombre o superhombre). El ultrahombre es el que hace lo que quiere y realiza continuamente sus deseos, el cual, representado en Zaratustra (1885/1997) siente amor por los hombres y desea educarlos para avanzar hacia la nueva especie. El amor es así un efecto de la maximización de la voluntad de poder, más que lo inverso. En la Teoría de la Praxis, en cambio, es precisamente la integración afectiva de los otros lo que genera la voluntad de poder más, hay una unidad dialéctica entre amar y querer hacer (voluntad de poder).

Finalmente, ya en el Siglo XX, Heidegger (1927/1983) plantea como inherente al “ser ahí” o “ser humano”, el “ser con” otros y “ser en el mundo”, y tiene que elegir continuamente entre “ser sí mismo propio” o caer en la impersonalidad del “uno” (uno = cualquiera: “uno es lo que puede ser”). El ser sí mismo propio surge del atender a la “vocación”, lo que nace en cada persona, y el “uno” o la “impropiedad” consiste en amoldarse a lo que está establecido de manera impersonal. En este sentido, la elección del ser sí mismo propio conlleva la congruencia consigo mismo, mientras que la caída en el “uno” implica lo contrario, evadirse de la propia vocación por temor al riesgo de empuñarla. Puede decirse que la salud psicológica consistiría en captar la propia vocación y vivir en congruencia con ella, mientras que la enfermedad psicológica dependería del sometimiento a influencias ajenas. Parecido al concepto de enajenación en Hegel y Marx, pero en Heidegger esto depende de la libre elección de cada persona y no lo ve como resultado del proceso histórico, como lo concibe el pensamiento dialéctico.

Salud y enfermedad psicológicas en la Teoría de la Praxis

Considerando el contexto filosófico anterior, la Teoría de la Praxis concibe a la salud psicológica con cuatro criterios generales. Una persona tendrá salud psicológica en la medida en que:

a) Se siente libre. Su hacer no está sometido a indicaciones de otros que no comparte.

b) Es autónomo. Guía su conducta por normas propias, que respeta por convicción. La falta de estructura normativa de su conducta significaría una dispersión en su vivir que no le permitiría tener el hilo conductor de congruencia, una identidad consistente y una relación estable con sus grupos.

c) Tiene las riendas de su vida. Tiende a realizar sus deseos y anhelos, no deja que la vida lo lleve sin darle una dirección intencional a la misma.

d) Tiene un grado esencial de satisfacción con lo que ha estado viviendo al menos en los últimos seis meses, considerando que ha logrado vivir como ha querido, llevando su vida por la ruta que desea, y cuenta con familiares, amigos y compañeros con los que le agrada compartir su proceso vital.

Para que estas cuatro dimensiones tengan lugar en la vida de una persona, existen 25 criterios particulares (Murueta, 2014, T. I. Capítulo 8), que abarcan -entre otras- dimensiones como las siguientes: tener un grado alto de autoestima, contar con grupo primario (familia) y secundario (amistades de confianza), tener aspiraciones, llevar a cabo acciones dirigidas a sus aspiraciones, contar con personas de confianza, tener flexibilidad, resiliencia, asertividad, racionalidad, habilidades sociales, autocuidado corporal, generosidad, toma de decisiones, capacidad de hacer equipo.

La Teoría de la Praxis considera que la salud psicológica consiste en la combinación de la predominancia de la realización (lograr lo que se desea) y la amorosidad (sentir como propio lo que sucede a otro(s) y sentir como de otro(s) lo que le sucede a la persona). Sin embargo, también para la salud psicológica se requieren dosis menores de soledad (sensación de no compartir con otros) y de frustración (no poder lograr lo que se quiere). Los estados de soledad y de frustración, en pequeñas dosis favorecen el impulso de la realización y de la amorosidad, es decir, de la salud psicológica.

En esta teoría, se considera como enfermedad psicológica a todo intento o realización de abuso hacia otra(s) persona, hacia el medio ambiente, hacia la comunidad o directamente hacia sí mismo; ya que perjudicar a los demás o al ambiente es una forma indirecta de perjuicio propio; esto se explica por un estado “neurótico” y de enajenación, es decir, de conflicto entre emociones encontradas y de disminución de la posibilidad de captar y tener como relevantes los sentimientos de los otros. O bien, un nivel de “psicosis” cuando el ensimismamiento es tan extremo que el punto de vista y las vivencias de una persona rompen su capacidad de diálogo coherente y de congruencia esencial con los grupos sociales en que se desenvuelve. Desde luego, tanto las neurosis como las psicosis pueden variar en intensidad, duración y frecuencia, desde grados muy leves hasta extremos.

Podemos hablar de “enfermedad psicológica” cuando la neurosis ocupa más de un 40% del tiempo cotidiano de una persona durante un período mayor a 3 días o de manera frecuente. Cuando esto ocurre, la neurosis produce estancamiento emocional y algunas limitaciones intelectuales. Una persona que tenga una neurosis prolongada no podrá salir por sí misma de ella y requiere atención profesional psicoterapéutica. De manera poco probable, algunos eventos fortuitos podrían contribuir a superar esa neurosis pero esto es esperable en contados casos.

Debido al estado neurótico que prevalece en una persona, dada la alteración de su capacidad de razonamiento proporcional al grado de alteración emocional, su conducta se volverá errática generándole mayores conflictos que harán cada vez más intensa la situación neurótica hasta llegar a la psicosis y el suicidio, si no fuera por cuatro “reacciones paliativas” que aminoran transitoriamente la ansiedad que genera la neurosis, a saber:

a) Búsqueda compulsiva de placer sensorial, lo que disminuye la ansiedad o tensión generada por el conflicto neurótico.

b) Hacer sufrir a otros a través de la culpa, el sarcasmo, la agresión indirecta o directa.

c) Rigidez conceptual y afectiva, pretendiendo que otros se sometan a sus criterios o deseos aunque no los comparan.

d) Huida o evasión de algunas de las tensiones generadas por los conflictos neuróticos.

Estos paliativos psicológicos requieren usarse con mayor frecuencia conforme la neurosis se hace más aguda, lo que explica mucho de lo que ocurre en la sociedad contemporánea.

Niveles de salud y enfermedad psicológicas

Los conceptos de neurosis y psicosis son muy conocidos en el ámbito de la psicología clínica y de la psiquiatría. Sin embargo, estos han sido considerados como dos tipos de patologías psicológicas diferentes y no como un continuo o parte de una misma escala, como lo plantea la Teoría de la Praxis. A la salud psicológica corresponde la predominancia de un estado de ecuanimidad, en la que una persona o un colectivo se sienten bien consigo mismos, con tranquilidad, agrado y, sobre todo, con la convicción de estar haciendo lo que se desea. Cuando esa persona o colectivo dejan de hacer lo que quieren y/o comienzan a hacer actividades que no quieren, entran al estado de neurosis, por lo que surgen expresiones de irritabilidad, reacciones exageradas y, sobre todo, la sensación de incapacidad o impotencia para realizar lo que desean. Conforme la neurosis se intensifica y se hace más duradera, o bien ante situaciones desbordantes inesperadas, puede entrarse al ámbito de la psicosis, caracterizada por la desconexión lógica y/o funcional con otras personas debido la presencia de delirios (creencias perseverantes sin fundamento socialmente compartido) y alucinaciones.

Cuando el estado neurótico o psicótico es leve y transitorio, la Teoría de la Praxis lo considera como parte de la salud psicológica. Mientras que cuando esa sintomatología se mantiene más de 3 días continuos o es frecuente se considera como una enfermedad psicológica que requiere atención profesional.

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Edificio de la salud-enfermedad psicológica

Tanto la ecuanimidad o salud psicológica, como la neurosis y la psicosis deben ser consideradas en diferentes grados y pueden establecerse al menos cinco niveles de intensidad-duración-frecuencia en cada uno de esos estados, como se ilustra a continuación.

Edificio de la salud-enfermedad psicologicaGrados específicos
PsicosisNivel 1. Delirios y obcecación con una idea (ufólogos). Nivel 2. Alucinaciones ocasionales (ver fantasmas). Nivel 3. Cerca de la mitad del tiempo vive en alucinaciones (Ej. Norman Bates en la película “Psicosis” de Alfred Hitchcok). Nivel 4. La mayor parte del tiempo vive en un mundo de alucinaciones sin ser peligroso. Empatía mínima (Ej. Don Quijote de la Mancha). Nivel 5. Vive completamente en un mundo de alucinaciones con alta peligrosidad. Sin empatía (Ej. Jack Torrance, película “El resplandor”).
NeurosisNivel 1. Malestar emocional intrasubjetivo sin ser percibido por la familia o amigos. Nivel 2. Irritabilidad y/o reacciones exageradas que afectan la vida familiar, pero puede mantener amigos de confianza. Nivel 3. Irritabilidad y/o reacciones desproporcionadas con rechazo a la vida social, dificultad para tener amigos de confianza. Nivel 4. Irritabilidad y/o reacciones exageradas que le generan dificultades importantes con compañeros de escuela, trabajo o vecinos. Nivel 5. Reacciones intensas que le impiden funcionar en la escuela o el trabajo, así como, participar en la vida comunitaria.
Salud psicológicaNivel 1. Buena reacción esencial con familiares y amistades de confianza, avanzando básicamente en aspiraciones y proyectos personales. Nivel 2. Iniciativa para proponer y participar en proyectos que benefician a grupo laboral, escolar o vecinal, con actividades básicamente satisfactorias. Nivel 3. Iniciativa para proponer y participar en proyectos que benefician a la comunidad directa y actual, gremio o sector. Nivel 4. Iniciativa para proponer y participar en proyectos que benefician a una nación de manera transgeneracional, con actividades que sean satisfactorias. Nivel 5. Iniciativa para proponer y participar en proyectos que benefician a la humanidad, a la naturaleza y a la vida, con actividades que sean satisfactorias.

Estos 15 grados de salud y enfermedad psicológicas están siendo considerados para cada una de las patologías del Manual Latinoamericano de Salud y Enfermedad Psicológicas, estableciendo criterios de diagnóstico. Dependiendo del grado que corresponda a un caso clínico, podrá diseñarse una estrategia de intervención más específica y efectiva. Por ejemplo, en los grados de neurosis 1 y 2 consideramos que no es necesario recurrir al uso de fármacos recetados por un psiquiatra y es suficiente con una buena intervención psicoterapéutica; en el nivel 3, consideramos que es recomendable, aunque no indispensable, usar fármacos que apoyen al proceso psicoterapéutico; en el nivel 4 es indispensable el apoyo psiquiátrico y en el nivel 5 de se requiere de un trabajo intensivo de psicoterapeutas y psiquiatras, en equipo, por lo que es necesario contar con hospitales psicológicos dirigidos por psicoterapeutas con el apoyo de psiquiatras, médicos y enfermeras.

En el caso de las psicosis, es necesario incorporar el uso de fármacos desde los niveles 1 y 2. En los niveles 3 y 4 es fundamental contar con un equipo de psicoterapeutas que apliquen diferentes técnicas y aspectos terapéuticos a los pacientes de manera intensiva, es decir, cotidiana. En los niveles 3, 4 y 5 es necesario contar con personal de seguridad que pueda hacer frente a crisis agresivas. En los casos de nivel 5 se requiere contar con pabellones especiales de alta seguridad y protección para los internos y para el personal que trabaje con ellos.

Por la otra parte, los niveles de salud psicológica orientan a las personas y a los psicólogos de todas las especialidades sobre hacia donde avanzar para consolidar, profundizar y ampliar la satisfacción y la felicidad de las personas que van logrando cada uno, lo que obviamente repercutirá favorable y progresivamente en la vida social.

Referencias

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